Lunes 01 de Junio 2020

Publicado el 28.Sep.2018

El cuerpo del escándalo

Charla debate con Marcelo Dansey, Mauro Guzmán y Natacha Voliakovsky

¿Cuál es el límite de la corporalidad en la performance? Hay muchas maneras de llevar a cabo esta práctica, entre ellas, haciendo uso del cuerpo propio o ajeno. Esta forma de ejecutar dicho lenguaje artístico, configuró un escenario distinto para el artista, su forma de habitar los espacios e instituciones que suponen cierta seguridad, como los museos y las galerías de arte, cambió radicalmente al exponerse a la imprevisibilidad de las reacciones del público, al igual que las transgresiones más o menos violentas a las que puede llegar a someterse. Por eso mismo, estas acciones efectivamente terminan albergando un riesgo que pasa a ser parte del juego. Sin ir más lejos, en el campo del arte contemporáneo nacional se encuentran Natacha Voliakovsky y Mauro Guzmán, dos de los performers más disruptivos por la controversia que han generado algunas de sus obras, como también por llevar al extremo sus experiencias performáticas, utilizando sus cuerpos como herramienta y objeto de investigación, como vehículos estéticos de conceptos.

Sin duda una de las producciones más conocidas e interdisciplinarias de Mauro es el proyecto Linda Bler, en el cual el artista se trasviste para encarnar un personaje que remite a la actriz principal de “El exorcista”, llegando a protagonizar 9 piezas audiovisuales divididas en Trilogía del terror, Trilogía del amor trágico  y Trilogía animal, mediante una estética híbrida que se halla entre lo queer, glam, trash y pop. Estas obras que evocan films clásicos nacionales e internacionales, buscan desarticular el aparato ficcional de la industria cinematográfica, es decir, aquellos géneros y relatos que construyen estereotipos y modelan la sociedad. A partir de este proyecto surgió la performance “Linda durmiente”, en la cual vuelve a utilizar la parodia y la intertextualidad como herramienta de exposición y deconstrucción, aludiendo no solo a todo lo que se venía articulando hasta ese entonces, sino también a “My bed” de Tracey Emin.

Tras haberse inducido a un estado de adormecimiento Mauro, revestido con la piel de Linda, duerme sobre un colchón emplazado en una instalación, que parece ser un recorte de la habitación de la protagonista. Esta manera particular de llevar a cabo la acción, también le permite experimentar desde otro lugar situaciones que solo pueden darse cuando el cuerpo se enfrenta al público. Así es como esta performance termina configurando un laboratorio, en donde se hace presente el desvanecimiento de las normas institucionales y la seguridad que pueden otorgar los espacios de arte. Es decir, hoy en día el espectador tiene un rol más activo y sus reacciones no son siempre predecibles, en este sentido, efectivamente hay riesgos que el performer decide tomar cada vez que lleva a cabo esta obra, ya que el desarrollo de la misma conlleva cierta vulnerabilidad.

Mientras que Natacha, quien es mayormente conocida por la implicancia de la cirugía plástica en algunas de sus piezas performáticas, pone en evidencia diversas problemáticas que atraviesan los territorios en los cuales se exhiben sus obras, trabajando los conceptos desde la metadiscursividad. Es decir, atenta a las emergencias del contexto, hace uso del cuerpo para hablar sobre cuestiones relacionadas con el mismo. Un gesto que logra poner en tela de juicio la moral y propone reapropiarnos de nosotros mismos, de lo que nos pertenece.

De hecho, a lo largo de su carrera la hemos visto mutar, exhibir sus cambios físicos e incluso los exentos orgánicos que surgen de estas operaciones. De todas maneras, más allá de lo expuesto en las muestras que comparten esta temática, para Natacha la obra siempre comienza a partir de una instancia previa, la cirugía. Tanto el desarrollo y su documentación como el resultado final, pertenecen a la totalidad de sus acciones. Además, el acto de poner en escena este tipo de procesos advierte una particularidad, una sensación contradictoria, la del rechazo y curiosidad a la vez. Como una suerte de manifestación de lo intolerante, sus performances pueden atentar a la sensibilidad ajena y aun así ser capaces de despertar la necesidad de contemplarlas.

Ya sea de una u otra manera, ambos artistas demuestran que es posible estetizar el riesgo, permitiendo repensar los espacios de arte y las formas de habitarlo. El hecho de poner el cuerpo puede dejar al artista en una situación de vulnerabilidad, pero está claro que esto no impide que la obra continúe, de hecho, paradójicamente esto enriquece y empodera la pieza performática, ya que de alguna manera da cuenta tanto de la soberanía del cuerpo como del potencial de un lenguaje, de una práctica que podría ser ilimitada.


 

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